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Naturaleza de la luz
Los antiguos filósofos
ya conocían algunos hechos sobre la naturaleza y propagación
de la luz. Así se atribuye a Euclides el descubrimiento
de las leyes de la reflexión de la luz (300 años
AC). Pero es a mediados del siglo XVII cuando aparecen casi conjuntamente
dos teorías acerca de la naturaleza de la luz. El genial
científico inglés Isaac Newton, en la segunda mitad
del siglo XVII, y su compatriota contemporáneo Christian
Huygens, desarrollaron la óptica y la teoría acerca
de la naturaleza de la luz.
Teoría Corpuscular
Newton descubre en 1666 que
la luz natural, al pasar a través de un prisma es separada
en una gama de colores que van desde el rojo al azul. Newton concluye
que la luz blanca o natural está compuesta por todos lo
colores del arco iris.
Isaac Newton propuso una teoría
corpuscular para la luz en contraposición a un modelo ondulatorio
propuesto por Huygens. Supone que la luz está compuesta
por una granizada de corpusculos o partículas luminosos,
los cuales se propagan en línea recta , pueden atravesar
medios transparentes y ser reflejados por materias opacas. Esta
teoría explica la propagación rectilínea
de la luz, la refracción y reflexión; pero no explica
los anillos de Newton (irisaciones en las láminas delgadas
de los vidrios), que sí lo hace la teoría de Huygens
como veremos más adelante, ni tampoco los fenómenos
de interferencia y difracción.
Newton, experimentalmente demostró
que la luz blanca, al traspasar un prisma, se dispersa en rayos
de colores y que éstos, a su vez, al pasar por un segundo
prisma no se descomponen, sino que son homogéneos. De esta
descomposición de la luz deduce y demuestra que al dejar
caer los rayos monocromáticos sobre un prisma, éstos
se recombinan para transformarse en luz blanca. Se desprende así
que ésta resulta de una combinación varia de rayos
coloreados que poseen diferentes grados de refrangibilidad; desde
el violeta –el más refrangible- hasta el rojo –que
tiene el menor índice de refracción -. La banda
de los colores prismáticos forma el espectro, cuya investigación
y estudio conduciría, en la segunda mitad del siglo XIX,
a varios hallazgos ribeteados con el asombro.
Tal como ya lo enunciamos en
párrafos precedentes, Newton consideró a la luz
semejante a un flujo de proyectiles que son emitidos por un cuerpo
que genera luminosidad. Supuso que la visión era la consecuencia
de la colisión de granizadas de proyectiles que impactaban
en los ojos. Con su hipótesis corpuscular, intentó
explicar el hermoso fenómeno de los anillos de colores
engendrados por láminas delgadas (los famosos anillos de
Newton) e interpretó igualmente la refracción de
la luz dentro de la hipótesis corpuscular, aceptando que
las partículas luminosas, al pasar de un ambiente poco
denso (aire) a otro más denso (cristales), aumentan su
velocidad debido a una atracción más fuerte. Esta
conclusión, en nada es coincidente, como veremos más
adelante, con la teoría ondulatoria de la luz, la que propugna
una propagación más lenta de la luz en el paso a
través de materiales más densos.
La teoría sobre una
naturaleza corpuscular de la luz, sustentada por el enorme prestigio
de Newton, prevaleció durante el siglo XVIII, pero debió
ceder hacia mediados del siglo XIX frente a la teoría ondulatoria
que fue contrastada con éxito con la experiencia. Ahora,
como también veremos más adelante, el descubrimiento
de nuevos fenómenos ha llevado –sin arrinconar la
teoría ondulatoria- a una conciliación de ambas
ponencias teóricas.
Teoría Ondulatoria
Propugnada por Christian Huygens
en el año 1678, describe y explica lo que hoy se considera
como leyes de reflexión y refracción. Define a la
luz como un movimiento ondulatorio semejante al que se produce
con el sonido. Ahora, como los físicos de la época
consideraban que todas las ondas requerían de algún
medio que las transportaran en el vacío, para las ondas
lumínicas se postula como medio a una materia insustancial
e invisible a la cual se le llamó éter.
Justamente la presencia del
éter fue el principal medio cuestionador de la teoría
ondulatoria. En ello, es necesario equiparar las vibraciones luminosas
con las elásticas transversales de los sólidos sin
que se transmitan, por lo tanto, vibraciones longitudinales. Aquí
es donde se presenta la mayor contradicción en cuanto a
la presencia del éter como medio de transporte de ondas,
ya que se requeriría que éste reuniera alguna característica
sólida pero que a su vez no opusiera resistencia al libre
transito de los cuerpos sólidos (las ondas transversales
sólo se propagan a través de medios sólidos).
En aquella época, la
teoría de Huygens no fue muy considerada, fundamentalmente,
y tal como ya lo mencionamos, dado al prestigio que alcanzó
Newton. Pasó más de un siglo para que fuera tomada
en cuenta la Teoría Ondulatoria de la luz. Los experimentos
del médico inglés Thomas Young sobre los fenómenos
de interferencias luminosas, y los del físico francés
Auguste Jean Fresnel sobre la difracción fueron decisivos
para que ello ocurriera y se colocara en la tabla de estudios
de los físicos sobre la luz, la propuesta realizada en
el siglo XVII por Huygens.
Young demostró experimentalmente
el hecho paradójico que se daba en la teoría corpuscular
de que la suma de dos fuentes luminosas pueden producir menos
luminosidad que por separado. En una pantalla negra practica dos
minúsculos agujeros muy próximos entre sí:
al acercar la pantalla al ojo, la luz de un pequeño y distante
foco aparece en forma de anillos alternativamente brillantes y
oscuros. ¿Cómo explicar el efecto de ambos agujeros
que por separado darían un campo iluminado, y combinados
producen sombra en ciertas zonas? Young logra explicar que la
alternancia de las franjas por la imagen de las ondas acuáticas.
Si las ondas suman sus crestas hallándose en concordancia
de fase, la vibración resultante será intensa. Por
el contrario, si la cresta de una onda coincide con el valle de
la otra, la vibración resultante será nula. Deducción
simple imputada a una interferencia y se embriona la idea de la
luz como estado vibratorio de una materia insustancial e invisible,
el éter, al cual se le resucita.
Ahora bien, la colaboración
de Auguste Fresnel para el rescate de la teoría ondulatoria
de la luz estuvo dada por el aporte matemático que le dio
rigor a las ideas propuestas por Young y la explicación
que presentó sobre el fenómeno de la polarización
al transformar el movimiento ondulatorio longitudinal, supuesto
por Huygens y ratificado por Young, quien creía que las
vibraciones luminosas se efectuaban en dirección paralela
a la propagación de la onda luminosa, en transversales.
Pero aquí, y pese a las sagaces explicaciones que incluso
rayan en las adivinanzas dadas por Fresnel, inmediatamente queda
presentada una gran contradicción a esta doctrina, ya que
no es posible que se pueda propagar en el éter la luz por
medio de ondas transversales, debido a que éstas sólo
se propagan en medios sólidos.
En su trabajo, Fresnel explica
una multiplicidad de fenómenos manifestados por la luz
polarizada. Observa que dos rayos polarizados ubicados en un mismo
plano se interfieren, pero no lo hacen si están polarizados
entre sí cuando se encuentran perpendicularmente. Este
descubrimiento lo invita a pensar que en un rayo polarizado debe
ocurrir algo perpendicularmente en dirección a la propagación
y establece que ese algo no puede ser más que la propia
vibración luminosa. La conclusión se impone: las
vibraciones en la luz no pueden ser longitudinales, como Young
lo propusiera, sino perpendiculares a la dirección de propagación,
transversales.
Las distintas investigaciones
y estudios que se realizaron sobre la naturaleza de la luz, en
la época en que nos encontramos de lo que va transcurrido
del relato, engendraron aspiraciones de mayores conocimientos
sobre la luz. Entre ellas, se encuentra la de lograr medir la
velocidad de la luz con mayor exactitud que la permitida por las
observaciones astronómicas. Hippolyte Fizeau (1819- 1896)
concretó el proyecto en 1849 con un clásico experimento.
Al hacer pasar la luz reflejada por dos espejos entre los intersticios
de una rueda girando rápidamente, determinó la velocidad
que podría tener la luz en su trayectoria, que estimó
aproximadamente en 300.000 km./s. Después de Fizeau, lo
siguió León Foucault (1819 – 1868) al medir
la velocidad de propagación de la luz a través del
agua. Ello fue de gran interés, ya que iba a servir de
criterio entre la teoría corpuscular y la ondulatoria.
La primera, como señalamos, requería que la velocidad
fuese mayor en el agua que en el aire; lo contrario exigía,
pues, la segunda. En sus experimentos, Foucault logró comprobar,
en 1851, que la velocidad de la luz cuando transcurre por el agua
es inferior a la que desarrolla cuando transita por el aire. Con
ello, la teoría ondulatoria adquiere cierta preeminencia
sobre la corpuscular, y pavimenta el camino hacia la gran síntesis
realizada por Maxwell.
Teoría Electromagnética
El físico inglés
James Clerk Maxwell (1831-1879) dio en 1865 a los descubrimientos,
que anteriormente había realizado el genial autodidacta
Michael Faraday, el andamiaje matemático y logró
reunir los fenómenos ópticos y electromagnéticos
hasta entonces identificados dentro del marco de una teoría
de reconocida hermosura y de acabada estructura. En la descripción
que hace de su propuesta, Maxwell propugna que cada cambio del
campo eléctrico engendra en su proximidad un campo magnético,
e inversamente cada variación del campo magnético
origina uno eléctrico. Dado que las acciones eléctricas
se propagan con velocidad finita de punto a punto, se podrán
concebir los cambios periódicos - cambios en dirección
e intensidad - de un campo eléctrico como una propagación
de ondas. Tales ondas eléctricas están necesariamente
acompañadas por ondas magnéticas indisolublemente
ligadas a ellas. Los dos campos, eléctrico y magnético,
periódicamente variables, están constantemente perpendiculares
entre sí y a la dirección común de su propagación.
Son, pues, ondas transversales semejantes a las de la luz. Por
otra parte, las ondas electromagnéticas se transmiten,
como se puede deducir de las investigaciones de Weber y Kohlrausch,
con la misma velocidad que la luz. De esta doble analogía,
y haciendo gala de una espectacular volada especulativa Maxwell
termina concluyendo que la luz consiste en una perturbación
electromagnética que se propaga en el éter. Ondas
eléctricas y ondas luminosas son fenómenos idénticos.
Veinte años más
tarde, Heinrich Hertz (1857-1894) comprueba que las ondas hertzianas
de origen electromagnético tienen las mismas propiedades
que las ondas luminosas, estableciendo con ello, definitivamente,
la identidad de ambos fenómenos.
Hertz, en 1888, logró
producir ondas por medios exclusivamente eléctricos y,
a su vez, demostrar que estas ondas poseen todas las características
de la luz visible, con la única diferencia de que las longitudes
de sus ondas son manifiestamente mayores. Ello, deja en evidencia
que las ondas eléctricas se dejan refractar, reflejar y
polarizar, y que su velocidad de propagación es igual a
la de la luz. La propuesta de Maxwell quedaba confirmada: ¡la
existencia de las ondas electromagnéticas era una realidad
inequívoca! Establecido lo anterior, sobre la factibilidad
de transmitir oscilaciones eléctricas sin inalámbricas,
se abrían las compuertas para que se produjera el desarrollo
de una multiplicidad de inventivas que han jugado un rol significativo
en la evolución de la naturaleza humana contemporánea.
Pero las investigaciones de
Maxwell y Hertz no sólo se limitaron al ámbito de
las utilizaciones prácticas, sino que también trajeron
con ellas importantes consecuencias teóricas. Todas las
radiaciones se revelaron de la misma índole física,
diferenciándose solamente en la longitud de onda en la
cual se producen. Su escala comienza con las largas ondas hertzianas
y, pasando por la luz visible, se llegan a la de los rayos ultravioletas,
los rayos X, los radiactivos, y los rayos cósmicos.
Ahora, la teoría electromagnética
de Maxwell, pese a su belleza, comporta debilidades, ya que deja
sin explicación fenómenos tan evidentes como la
absorción o emisión; el fotoeléctrico, y
la emisión de luz por cuerpos incandescentes. En consecuencia,
pasado el entusiasmo inicial, fue necesario para los físicos,
como los hizo Planck en 1900, retomar la teoría corpuscular.
Pero la salida al dilema que presentaban las diferentes teorías
sobre la naturaleza de la luz, empezó a tomar forma en
1895 en la mente de un estudiante de dieciséis años,
Albert Einstein, que en el año 1905, en un ensayo publicado
en el prestigioso periódico alemán Anales de la
física, abre el camino para eliminar la dicotomía
que existía sobre las consideraciones que se hacían
sobre la luz al introducir el principio que más tarde se
haría famoso como relatividad.
La luz es, de acuerdo a la
visión actual, una onda, más precisamente una oscilación
electromagnética, que se propaga en el vacío o en
un medio transparente, cuya longitud de onda es muy pequeña,
unos 6.500 Å para la luz roja y unos 4.500 Å para
la luz azul. (1Å = un Angstrom, corresponde a una décima
de milimicra, esto es, una diez millonésima de milímetro).
Por otra parte, la luz es una
parte insignificante del espectro electromagnético. Más
allá del rojo está la radiación infrarroja;
con longitudes de ondas aún más largas la zona del
infrarrojo lejano, las microondas de radio, y luego toda la gama
de las ondas de radio, desde las ondas centimétricas, métricas,
decamétricas, hasta las ondas largas de radiocomunicación,
con longitudes de cientos de metros y más. Por ejemplo,
el dial de amplitud modulada, la llamada onda media, va desde
550 y 1.600 kilociclos por segundo, que corresponde a una longitud
de onda de 545 a 188 metros, respectivamente.
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En física, se identifica
a las ondas por lo que se llama longitud de onda, distancia entre
dos máximos y por su frecuencia, número de oscilaciones
por segundo, que se cuenta en un punto, y se mide en ciclos por
segundo (oscilaciones por segundo). El producto de ambas cantidades
es igual a la velocidad de propagación de la onda.
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