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Historia de la óptica
La luz y los fenómenos
relacionados con ella han desempeñado un papel fundamental
en la evolución y el desarrollo de la humanidad. Difícil
sería imaginar un mundo envuelto en la eterna oscuridad;
lo que sí es claro es que sería muy diferente del
mundo en que vivimos... y mucho menos interesante.
Tomando esto en cuenta, no
es de sorprender que la óptica haya surgido como una de
las primeras ramas de las ciencias naturales: desde épocas
muy remotas el hombre se ha sentido atraído por los fenómenos
luminosos, que despertaban en él gran curiosidad, y que
le aportaban, además, una variedad de beneficios prácticos.
Un fragmento de un antiguo
documento griego encontrado en Egipto habla de algunas ilusiones
ópticas. Entre ellas menciona un conocido efecto visual
que no ha dejado de intrigar a la humanidad; el agrandamiento
aparente del Sol y de la Luna cuando se acercan al horizonte.

En un pasaje de Las nubes,
divertida comedia de Aristófanes que data del siglo V a.C.,
se habla de una piedra transparente que se surte en las boticas
y que sirve para encender el fuego y para fundir la cera con la
luz del Sol. Curiosamente, si bien había entre los griegos
un conocimiento de las propiedades de los espejos y de los "cristales
encendedores", no parece que hayan desarrollado la habilidad
de producir amplificación de imágenes con la ayuda
de estos objetos; para ello habría que esperar hasta la
Edad Media.
Los filósofos naturales
de la antigua Grecia propusieron algunas teorías ópticas
en las que se confundía la luz con el fenómeno de
la visión. Según decían los pitagóricos,
la visión es causada por la proyección de imágenes
lanzadas desde los objetos hacia el ojo. En cambio, Euclides y
los platónicos sostenían que la sensación
visual se produce cuando los "haces oculares" enviados
desde los ojos chocan con los objetos. Podría resumirse
la idea de los platónicos acerca de la visión diciendo:
"Ojos que no ven, luz que no existe".
Aristóteles rechazaba
estas dos teorías de la visión, y proponía
en cambio que el medio entre el objeto y el ojo desempeña
un papel esencial. Decía que cuando este medio (que puede
ser el aire o el agua, por ejemplo) está en reposo, hay
oscuridad; excitado por el "fuego" de un objeto, el
medio pasa al estado activo y se vuelve transparente. Los colores
del objeto pueden entonces viajar hasta nuestros ojos; del "estado
de actividad" del medio dependerá qué colores
puede transmitir.
También los matemáticos
griegos se preocuparon por la óptica, pero por sus aspectos
geométricos. Por ejemplo, a la pregunta de por qué
los objetos se vuelven invisibles con la distancia, respondían
que los rayos visuales que salen del ojo son divergentes, y cuanto
más se alejan de éste, tanto más espacio
dejan entre ellos. Observaciones geométricas tan importantes
como la propagación rectilínea de la luz, y la igualdad
de los ángulos de incidencia y de reflexión se hallan
en los escritos sobre óptica atribuidos a Euclides, el
gran geómetra alejandrino.
Los famosos espejos cóncavos
que según la historia emplearon los siracusanos para quemar
las naves del invasor romano fueron producto de los estudios ópticos
de Arquímedes. Desgraciadamente este invento no parece
haber logrado su cometido, porque los romanos sitiaron la isla
de Siracusa —y aunque aparentemente por error de un soldado—
mataron a Arquímedes. Sin embargo, la obra de este científico
llegó a ejercer una influencia importante hasta los dos
primeros siglos de nuestra era inspirado en sus hallazgos, Herón
estudió los espejos de diversas formas: planos, cóncavos
y convexos, y logró fundir en una las dos leyes de la reflexión
especular. Escribe en su obra Catoptrica: "el rayo, sea o
no reflejado, sigue siempre el camino más corto entre el
objeto y el ojo". Esta aseveración sería retomada
por Fermat en el siglo XVII, quien la reformuló en términos
más generales.
También el fenómeno
de la refracción
llamó la atención de los griegos. Una contribución
importante a su estudio se la debemos al astrónomo Claudio
Tolomeo, quien en su Libro quinto de óptica informa de
la construcción de un aparato para medir con exactitud
los ángulos de incidencia y de refracción, si bien
no logró formular la ley de la refracción, que todavía
Kepler, en el siglo XVII, buscaría en vano. Al estudiar
la refracción producida por la atmósfera, Tolomeo
advirtió que su magnitud aumenta con la distancia de los
astros al cenit, por lo que sus efectos son más notables
en la cercanía del horizonte.
En Occidente durante la edad
media el monje franciscano Roger Bacon se atrevió a cuestionar
los cánones aristotélicos. Entre otras cosas, Bacon
estudió a fondo la obra de la escuela árabe. Era
un aficionado de la óptica, y consideraba que esta ciencia,
"además de ser bella, es indispensable para el conocimiento
de otras ciencias".
Hay quienes consideran que
Bacon fue el inventor de los anteojos. Se dice que recomendaba
su uso a los ancianos y a las personas de vista débil,
y que era tan experto en estos menesteres, que al usar los lentes
personalmente podía enterarse en Oxford de lo que estaba
sucediendo en París. Habría que aclarar que ya en
aquellos tiempos la tecnología del pulido de cristales
estaba muy desarrollada en el norte de Italia, y probablemente
los vidrieros venecianos o pisanos se adelantaron a Bacon con
el invento. Aun así, las aportaciones de Bacon a la sistematización
de la óptica como ciencia fueron importantes, si bien sus
ideas innovadoras, en particular su Llamado a la ciencia experimental
lanzado desde la prisión, no encontrarían eco hasta
el Renacimiento.

De la impresionante obra de
Leonardo da Vinci, primera gran figura de la época, una
parte está dedicada a la óptica. Entre otras cosas,
formuló una teoría de la visión, en la que
el ojo es comparado a una cámara oscura. Es muy probable,
por cierto, que al igual que otros pintores de la época,
Leonardo se haya valido de la cámara oscura para hacer
sus croquis e incorporar los principios de la perspectiva en su
pintura. Dice en uno de sus manuscritos: "Una pequeña
apertura en el postillo de la ventana proyecta sobre la pared
interior del cuarto una imagen de los cuerpos que están
más allá de la apertura".
A la revolución científica
del Renacimiento contribuyó de manera; importante la invención
de instrumentos que ampliaban las posibilidades de observación
y permitían una experimentación cuantitativa. De
los instrumentos ópticos desarrollados en la época,
sin duda los más importantes son el telescopio y el microscopio.
Galileo Galilei, quien durante
30 años se dedicó a hacer experimentos en física,
escribe en las primeras páginas de su libro Siderius Nuntius
("El mensajero de las estrellas"), publicado en 1610:
"Hace diez meses llegó a mis oídos la noticia
de que un holandés había hecho una lente para espiar,
que hace que los objetos distantes parezcan cercanos. Al cabo
de un breve tiempo logré fabricar un instrumento similar,
a través de un estudio profundo de la teoría de
la refracción." Galileo debe de haber trabajado arduamente
esos días, porque no contaba con la ley de la refracción,
que fue establecida sólo 11 años más tarde
por W. Snell, un joven holandés. En cuanto tuvo armado
un buen telescopio, Galileo lo dirigió hacia el firmamento
y hacia la Tierra. Los descubrimientos celestes (incluidos cuatro
de los satélites de Júpiter) los consignó
rápidamente en la obra antes mencionada.

Alguno de los escolásticos
—que abundaban todavía en la época de Galileo
y lo atacaron ferozmente por sus revelaciones— llegó
a afirmar que los fenómenos celestes vistos por Galileo
"no son más que ilusiones ópticas, y para verlas
es necesario fabricar un anteojo que las produzca". El célebre
astrónomo Johannes Kepler, en cambio, a quien Galileo envió
uno de sus primeros telescopios, estaba encantado con el instrumento,
lo perfeccionó y lo usó para compilar las tablas
de datos sobre el movimiento de los planetas alrededor del Sol,
que constituyeron la base para el establecimiento de sus trascendentales
leyes sobre el movimiento planetario. En su esfuerzo por perfeccionar
el telescopio, Kepler dedicó un año al estudio de
la formación de imágenes. El libro Dioptrice (publicado
en 1611) que contiene los resultados de este trabajo, se convirtió
en texto para estudiosos de la óptica durante muchos años.
Un contemporáneo de
Isacc Newton, el astrónomo danés Olaf Römer,
se había dedicado a medir con cuidado los periodos de rotación
de los satélites de Júpiter y así descubrió,
en l676, que cuando uno de estos satélites se encuentra
atrás de Júpiter, su luz tarda más tiempo
en llegar a la Tierra que cuando se encuentra adelante de él.
De esto extrajo una conclusión muy importante: que la luz
no es un fenómeno instantáneo, sino que necesita
tiempo para propagarse, por lo que debe viajar a una. velocidad
finita.
Éste y otros descubrimientos
de la época sirvieron al físico holandés
Christiaan Huygens para reunir sus propias ideas acerca de la
luz. Semejante al sonido, decía, la luz es también
una vibración que se propaga. Con base en esta hipótesis,
logró explicar simultáneamente la mayoría
de los fenómenos ópticos con una gran simplicidad.
Su obra Traité de la lumière, escrita en 1678, representa
el primer intento de desarrollo de la teoría ondulatoria
de la luz, si bien un esbozo de esta teoría ya había
sido adelantado por Robert Hooke como resultado de sus observaciones
sobre difracción e interferencia.
Las ideas de Huygens sobre
la naturaleza ondulatoria de la luz no fueron aceptadas por la
mayoría de sus contemporáneos. Ya René Descartes
había afirmado que la luz se compone de corpúsculos
acelerados. Isaac Newton adoptó esta proposición
y la incorporó en su teoría de la emisión
de la luz. Newton descartaba la hipótesis ondulatoria de
Huygens, entre otras cosas porque no podía explicar con
ella la propagación rectilínea de la luz.
Además de su trascendental
contribución a la dinámica, Newton hizo una serie
de estudios importantes en óptica. En 1660, a los 18 años
de edad, ya había fabricado un telescopio pequeño
y poco potente, pero con una innovación: usó espejos
en vez de lentes, para evitar la aberración cromática
que da lugar a imágenes con franjas de colores alrededor
de los objetos. Los telescopios reflectores se convirtieron rápidamente
en importantísimo instrumento de la astronomía.

Pero a Newton, más que
usar el instrumento, lo que le interesaba era estudiar esas franjas
de colores, entender su origen y, de ser posible, aprender a eliminarlas
para mejorar la calidad de las imágenes. Esto lo motivó
a emprender una serie de estudios con prismas y luz blanca. Así
obtuvo el espectro de los colores. Observó que el prisma
no modifica la luz, sino que sólo la separa físicamente,
y concluyó que cada uno de los colores se distingue por
su "refractabilidad". Algunos de sus contemporáneos
se decepcionaron con este descubrimiento, porque se había
pensado que el blanco representaba la pureza, ¡no una mezcla
de colores!.
En el libro Opticks, escrito
años más tarde, Newton informa de sus experimentos
con prismas, así como otras observaciones que se refieren
a la transversalidad de los rayos luminosos, a la difracción
y a la interferencia. En particular describe los famosos anillos
que llevan su nombre.
El siglo XIX se inició
con una serie de pruebas que sugerían que la luz es de
naturaleza ondulatoria. La prueba más importante provino
de los experimentos que mostraron la existencia de la interferencia,
realizados por Thomas Young entre 1801 y 1804. Young explicó
los anillos de Newton como debidos a la superposición de
ondas. Contando el número de anillos, llegó incluso
a determinar la longitud de onda de la luz: encontró que
en una pulgada caben 37 640 ondas rojas y 59 750 ondas violetas.
Este descubrimiento es sumamente
importante, porque pone de manifiesto una relación directa
entre el color —que representa una sensación visual—
y un parámetro físico, como lo es la longitud de
onda. Resulta, de acuerdo con lo establecido por Young, que la
longitud de onda de la luz es muy pequeña, del orden de
0.00005 cm, o sea, la mitad de una micra, correspondiéndole
al violeta una longitud menor que al rojo. A los colores intermedios
del arco iris les corresponden valores intermedios de la longitud
de onda.

Las publicaciones de Young
acerca de la interferencia son consideradas hoy día la
obra más trascendente en óptica física aparecida
después del libro de Newton. Pero en su época, en
que dominaba la concepción mecanicista del Universo, no
eran nada bien vistas. Por ejemplo, escribía uno de sus
críticos que los artículos de Young "no contienen
nada que merezca el nombre de experimento o descubrimiento [...]
su único efecto puede ser el de detener el progreso de
la ciencia". Young publicó un folleto en el que respondía
a estas críticas con serios argumentos, pero de esta publicación
se vendió un solo ejemplar.
Así las cosas, prefirió
dedicarse a otros temas de estudio, hasta que en 1815 la teoría
ondulatoria fue revivida por Augustin Fresnel a través
de sus estudios de la difracción y la interferencia —sin
tener conocimiento de los trabajos de Young. Poco a poco la teoría
fue ganando terreno, al poder explicar fenómenos tan diversos
como los colores de las pompas de jabón, los anillos de
Newton, la polarización, la birrefringencia, e incluso
la propagación rectilínea de la luz. Sólo
mucho después, a principios del siglo XX, surgen nuevos
fenómenos que dirigen la atención de los físicos
hacia una renovada imagen corpuscular de la luz.
Los éxitos de la teoría
ondulatoria revivieron el interés por determinar con precisión
la velocidad de la luz. Según la teoría de emisión
de Newton, la luz debía viajar más rápido
en un medio ópticamente denso que en el aire; según
la teoría ondulatoria debía suceder lo contrario.
Claro que hace 150 años medir la velocidad de la luz con
precisión no era tarea sencilla, porque la luz viaja sumamente
rápido. En 1849, Fizeau, en Francia, diseñó
un método estroboscópico similar al que se ilustra
en la figura 32, aunque algo más complicado, en virtud
de la alta velocidad de la luz. Las mediciones de Fizeau, y todas
las realizadas posteriormente, le dieron la razón a la
segunda teoría: la luz disminuye su velocidad al entrar
en un medio ópticamente denso.
Los experimentos estroboscópicos
se fueron haciendo cada vez más elaborados. En 1972, el
norteamericano A. Michelson usó luz reflejada desde el
monte Wilson hasta el monte San Antonio, a 35 km de distancia,
y así obtuvo el valor de 299 798 km/seg, con una precisión
de 0.001%.
La velocidad de la luz es considerada
una de las constantes físicas más importantes, y
en especial ocupa un lugar central en las teorías del electromagnetismo
y de la relatividad. Pero, ¿qué tiene que ver la
luz con el electromagnetismo?
La primera prueba de que la
luz está relacionada con fenómenos eléctricos
y magnéticos la obtuvo Michael Faraday, gran experimentador
inglés, en 1845. "Finalmente he logrado iluminar una
curva magnética y magnetizar un rayo de luz", escribe,
refiriéndose al cambio de polarización que sufre
la luz al pasar por un vidrio que está sujeto a un campo
magnético. Éste y otros experimentos de Faraday
y de algunos contemporáneos suyos sirvieron de base para
la teoría electromagnética de la luz, desarrollada
y expresada en lenguaje matemático por el escocés
James C. Maxwell.
La teoría de Maxwell,
que describe en forma unificada el conjunto de fenómenos
eléctricos y magnéticos, condujo a muchas predicciones
nuevas, que posteriormente fueron comprobadas experimentalmente.
Una de las más importantes fue que pueden existir ondas
de radiación de campo eléctrico y magnético,
que estas ondas viajan con la velocidad de la luz, y que ésta
es, en efecto, radiación portadora de energía, y
por esta misma razón ejerce una presión al chocar
contra una superficie.
En nuestra experiencia común,
la presión de la luz es tan pequeña que no la detectamos;
pero en el interior de las estrellas sí puede llegar a
ser significativa. La presión de la radiación solar
es responsable nada menos que de la cola de los cometas.
El vaticinio de Maxwell acerca
de las ondas de radiación electromagnética fue confirmado
15 años más tarde, en 1888, por Heinrich Hertz al
producir ondas por medio de cargas oscilantes y detectarlas por
medio de antenas. Este experimento fue la piedra angular para
el desarrollo de la radio y de toda la comunicación inalámbrica.

En realidad, las ondas de radio
no son las primeras ondas invisibles que fueron descubiertas.
Ya en 1800 el astrónomo William Herschel, al medir el calentamiento
producido por los distintos colores de la luz solar, había
observado que más allá del rojo hay una radiación
que no se ve, pero que calienta. Lo que descubrió así
fue la radiación infrarroja, de longitud de onda menor
que un mm. (Las ondas de Hertz, en cambio, tienen una longitud
de varios metros.) En la misma época, el físico
Wilhelm Ritter, en Alemania, y el médico John Wollaston,
en Inglaterra, descubrieron una radiación oscura que tiene
efectos químicos: se trataba de la luz ultravioleta, de
longitud de onda más pequeña que la de la luz visible.
En 1895 fue descubierto otro
tipo de ondas, de longitud aún más pequeña:
los rayos X Pero al igual que sucedió con las otras radiaciones
mencionadas, cuando Röntgen hizo su descubrimiento no sabía
que se trataba de ondas electromagnéticas. Esto vino a
ser confirmado apenas en 1912, cuando Max von Laue mostró
que los rayos X se difractan al igual que otras ondas.
Poco a poco se fue cubriendo
el espectro completo de la radiación electromagnética,
desde las ondas de radio de 10 km hasta los rayos y (gamma) de
0.00000000001 cm.
Así, el trabajo de Maxwell,
Hertz y muchos otros científicos del siglo XIX abrió
no sólo una nueva ventana a nuestra visión de la
naturaleza, sino también una nueva puerta al desarrollo
tecnológico.
De la misma manera en el campo
de la iluminación se dieron grandes avances, merced a la
extensión del uso de la electricidad. En los años
sesenta del siglo pasado, el alumbrado público aún
se hacía con lámparas de arco, pero éstas
eran ineficientes y requerían mucho mantenimiento. Ya era
claro para entonces que el futuro de la iluminación estaba
en la lámpara de filamento incandescente, pero ésta
no se pudo fabricar antes de aprender a extraer el aire de la
lámpara, para evitar la combustión del filamento.
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