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Historia del Cálculo I
Agustín Martínez Menéndez.
Dr. en Física; Vpte. Soc. Madrileña de Profesores
de Matemáticas
Del ábaco al logaritmo
"Houston, tenemos
un problema". Con esta frase, de la archiconocida película
Apolo XIII, he comenzado muchas veces clases de informática
o de manejo de calculadoras. La práctica totalidad de los
alumnos ha visto el film, pero la pregunta que efectúo
a continuación: ¿cuántas calculadoras
hay en las mesas del Centro de Operaciones de Houston? Ya
no la contesta nadie, y eso que la respuesta es bien sencilla:
ninguna.
La película transcurre
en 1973, cuatro años después de la llegada a la
Luna, y en aquellas fechas el instrumento individual para efectuar
operaciones era la regla de cálculo. Las calculadoras electrónicas
no existían.
Hoy en día estamos tan
inmersos en la informática y sus aplicaciones, y las calculadoras
electrónicas son tan corrientes, que olvidamos que esta
tecnología es absolutamente novedosa en la historia de
la humanidad, y que en su mayor parte tiene menos de 20 años
de antigüedad.
Los primeros cálculos
Históricamente, los
métodos de cálculo más antiguos conocidos
se basan en la anatomía humana, esencialmente en la digitación
y el uso de las manos para contar e incluso para calcular operaciones
simples. Desde el punto de vista instrumental conviene recordar
que para los griegos, quizá nuestros antepasados científicos
y filosóficos más venerados, la Aritmética
no incluía para nada el cálculo, era un estudio
de las propiedades de los números. El cálculo era
Logística, y estaba relegado poco menos que al uso por
los esclavos. Pero es evidente que los puentes habían de
construirse, las máquinas funcionar y el comercio desarrollarse.
Esta situación desembocó en el uso de un instrumento
mecánico: el ábaco.
La base del ábaco es
sencilla: se usan un conjunto de elementos de señalización,
ya sean piedrecitas (calculus en latín, de ahí cálculo),
marcas en una tablilla, varillas de bambú, fichas coloreadas
etc. Y, a través de una serie de manipulaciones mecánicas
que dependen de la estructura del aparato, se consigue efectuar
operaciones sin un desarrollo formal del algoritmo de cálculo.
Esto último es importante,
hasta el siglo XIII, los sistemas de numeración no eran
posicionales, y desconocían el valor operacional del cero,
cuando no su existencia. Esto imposibilitaba el desarrollo de
algoritmos de cálculo, y era el ábaco el elemento
que permitía el avance científico, técnico
e industrial.
Al aparecer el sistema indo-arábigo
de numeración, se produjo una profunda transformación.
Aunque la transición del sistema romano de numeración
al decimal fue sorprendentemente lenta, debido a lo engorroso
de los algoritmos con lápiz y papel ante el uso de los
ábacos, Pero la mayor versatilidad de los métodos
algorítmicos hizo que la batalla entre abacistas y algoristas
se decantara finalmente hacia el lado de estos últimos
en el siglo XVI, aunque el ábaco siguió siendo el
instrumento comercial por excelencia.
El diseño del ábaco
ha variado poco en los últimos 3000 años. De la
estructura de los ábacos descritos por Cicerón,
que describe incluso ranuras adicionales para el cálculo
de fracciones, hasta el soroban japonés, desarrollado en
fecha tan cercana como los años treinta de nuestro siglo,
las diferencias son insignificantes, y de índole operativa,
nunca de planteamiento, lo que demuestra una vitalidad que hace
del ábaco un instrumento de uso común en muchos
países orientales, en la antigua Unión Soviética,
e incluso en nuestras casas, cuando enseñamos a contar
a nuestros hijos o marcamos una jugada de billar. Tiene 3000 años
y goza de buena salud.
La teoría en acción
Tras la revolución del
sistema decimal de numeración, a lo largo de los siglos
XV y XVI los matemáticos demostraron un gran interés
en los instrumentos de cálculo. Lo que contrasta fuertemente
con la dicotomía establecida por Platón
2000 años antes. Prueba de ello es la rivalidad entre Bürgi
y Galileo en la construcción
del artificio de cálculo conocido como compás proporcional
(un ejemplar del cual se puede ver en el Museo Naval de Madrid),
que fue ampliamente usado por marinos e ingenieros militares de
la época. Más accesibles a nivel popular fueran
la famosas Tablillas, varas o huesos de Neper. John
Neper fue un matemático escocés que publicó
en 1917 un invento simple, derivado de un sistema utilizado ya
en Oriente, consistente en unas varillas de madera, cartón
o hueso que, por yuxtaposición de unas con otras permitían
calcular productos de números.
Pero estas tablillas no hubiesen
pasado de un simple divertimento si Neper no hubiese desarrollado
uno de los avances más importantes en la historia de las
matemáticas: el concepto de logaritmo.
Esta idea, que permitió
efectuar operaciones hasta entonces imposibles o al menos costosísimas
tales como grandes potencias, raíces de índices
no enteros, etc., aumentando enormemente la potencia y versatilidad
de los algoritmos de cálculo, tenía en su base un
concepto que los prácticos del cálculo encontraron
de utilidad inmediata: transformaba productos en sumas y cocientes
en restas.
A los pocos años, se
dieron los pasos para mecanizar estas operaciones. Los logaritmos
se marcaron sobre una línea recta, y las multiplicaciones
y divisiones se efectuaban sumando y restando longitudes, usando
un par de separadores. En 1621 William
Oughtred empleó dos de estas líneas de números
que deslizaban una sobre otra y no necesitaban separadores. Acababa
de nacer la regla de cálculo,
que ha sido el distintivo de los científicos e ingenieros
hasta la década de los setenta, cuando empezaron a popularizarse
las calculadoras de bolsillo.
Paralelamente el desarrollo
de instrumentos portátiles -y analógicos-, como
la regla de cálculo, se produce en el siglo XVII la aparición
de instrumentos mecánicos de cálculo de base digital.
El primero es el diseñado para ayudar a su padre, recaudador
de contribuciones, por el matemático y filosofo francés
Blaise Pascal. Esta máquina,
que ahora denominamos máquina de Pascal, era capaz de sumar
y restar usando un sistema de engranajes interconectados, un poco
como hacen los cuentakilómetros de los coches actualmente.
Aunque
no llegó a tener el éxito comercial deseado por
su creador, estableció un camino, que otros, como Samuel
Morland y, sobre todo el filósofo alemán Gottfried
von Leibnitz, que desarrolló,
basándose en un engranaje de tipo diferencial, con un cilindro
sobre el cual engrana una rueda deslizante llevaron a buen puerto.
De hecho, el cilindro de Leibnitz ha sido la base de la práctica
totalidad de las calculadoras mecánicas posteriores, que
han llegado hasta nuestros días y que todavía podemos
ver en alguno establecimientos antiguos.
Autómatas
y máquinas analíticas
Lógica y tecnología
El siglo XVIII, el siglo de
las luces, no aportó apenas nada nuevo desde el punto de
vista tecnológico a los instrumentos de cálculo,
aunque si lo hizo a los desarrollos teóricos básicos,
relacionados con la teoría matemática pura y la
lógica formal.
Las realizaciones prácticas
que nos han llegado son muy dispares, tanto en el diseño
como en su propósito final. Nombraremos dos. La más
llamativa y conocida es el denominado autómata
de Maelzel. Diseñada por el Baron Kemplen en 1769
era un autómata jugador de ajedrez, y fue exhibida por
el inventor de instrumentos musicales Maelzel por Europa y América.
Se perdió en un incendio en 1856.
Menos conocido, pero mucho
más significativo desde el punto de vista matemático
fue el demostrador de Stanhope.
Presentado y comercializado en 1777, resolvía mecánicamente
los silogismos clásicos y problemas sencillos de probabilidad.
Fue el precedente, en más de un aspecto de los componentes
lógicos de los ordenadores actuales.
Los pasos de gigante en el
cálculo mecánico se dieron en el siglo XIX, el siglo
de la revolución industrial. El primer hecho significativo
proviene de un campo tan ajeno al mismo como el diseño
textil. En 1802 Joseph Marie Jacquard inventó el telar
automático, basado en las cajas de música,
y que controlaba el tejido de telas a través de una cinta
sin fin de tarjetas perforadas. La idea de Jaquard, que revolucionó
la producción textil en masa, ha sido la base de la fabricación
de muchos componentes informáticos y lenguajes de programación.
Es en este siglo cuando la
idea de Leibnitz para las máquinas de calcular entran en
producción masiva. El primer desarrollo fue el aritmómetro
de Colmar en 1820, seguida del contómetro
de Felt en 1885, que fue la primera máquina de calcular
con teclas.
En 1886 el profesor Herman
Hollerith inventó la primera máquina
de tabulación estadística, utilizando tarjetas
perforadas para la entrada de datos. Inicialmente desarrollada
para la computación del censo de los Estados Unidos de
1880 convirtió a Hollerith en un hombre rico y dio lugar
a la aparición de la Tabulating Machines Company, predecesora
de la International Busines Machines IBM.
Pero no sólo son las
técnicas mecánicas las que experimentan un auge
relevante en esta época. Los trabajos de Hamilton
y De Morgan establecen las
bases para que el lógico George
S. Boole presente en 1954 su desarrollo del álgebra
de Boole. Este sistema reduce los argumentos lógicos a
permutaciones de los tres operadores algebraicos básicos
"y", "o" y "no". Este álgebra
establece sin duda alguna las bases para la actual teoría
de la información, mucho antes de que los ordenadores llegaran
a ser creados.
También alcanzó
la mecanización a la lógica formal. Al reducir a
una serie de cálculos mas o menos mecánicos el análisis
proposicional, Boole posibilitó que el 1869 Wiliam
Stanley Jeevons inventara la primera máquina lógica
basada en el álgebra de Boole, que resolvía problemas
mas rápidamente que la mente humana.
Charles Babbage y Ada Lovelace.
Un mundo aparte
Entre todos los precursores,
teóricos y prácticos, de los sistemas de cálculo
destaca sin lugar a dudas un hombre singular: Charles
Babbage. Fue un personaje inquieto, laborioso y brillante.
Profesor de matemáticas en Cambridge, su interés
estaba en realidad en las reformas científicas y administrativas
de su época y en el diseño de máquinas de
calcular.
Su primera aportación
fue la construcción de una Maquina
de Diferencias que tabulaba funciones matemáticas.
Tras la presentación de esta máquina el gobierno
inglés le financió una máquina de diferencias
mejorada que, debido a su perfeccionismo enfermizo, nunca llegó
a construir.
Pero lo que diferencia a Babbage
de otros tantos diseñadores e inventores es el salto conceptual
que llevó a cabo en 1832. Hasta entonces todas las máquinas
de cálculo construidas lo eran con un propósito
específico: sumaban, multiplicaban o resolvían silogismos,
pero sólo eso. Babbage concibió, y ahí reside
su genio, una máquina de propósito universal, capaz
de resolver cualquier tipo de cálculo matemático.
Y no solamente formuló la idea, sino que estableció
la estructura de la máquina diferenciando:
1. Un almacén (llamado
memoria), para almacenar los datos, tanto los suministrados a
la máquina como los generados en operaciones intermedias.
2. Una unidad aritmética,
es decir, un dispositivo capaz de efectuar cálculos con
dichos datos.
3. Una unidad de control, que
establece la secuencia en la cual se han de realizar las operaciones.
4. Elementos de entrada, por
los que se suministran a la máquina datos e instrucciones
de operación.
5. Elementos de salida, para
mostrar los resultados del cálculo.
¡Todo esto hace más
de 160 años!
Técnicamente la máquina
de Babbage era de una complejidad extrema para su época.
Usaba elementos mecánicos como poleas, ruedas dentadas
y engranajes, y la tecnología de la época imposibilitaba
en la práctica su construcción.
Pero Babbage estableció
más sistemas novedosos. Para la alimentación de
datos planteó usar las tarjetas perforadas de Jaquard.
Todavía más, estableció dos tipos de fichas:
de operación y de variables, diseñando así
una técnica de programación y no de construcción
física, que subyace a muchos lenguajes de programación
actuales.
La Máquina Analítica
nunca se terminó, aunque Babbage siguió trabajando
en ella hasta su muerte en 1871. El problema era doble. La tecnología
de la época era insuficiente y, sobre todo, Babbage era
un hombre complejo, amargado y perfeccionista que cada vez que
concebía una idea nueva deshacía lo hecho y comenzaba
una máquina nueva, en un trabajo de Penélope que
no tuvo fin.
El diseño de Babbage
fue de importancia capital para el diseño de los ordenadores,
y, a título de curiosidad, diremos que fue construida en
1989 por un grupo de ingenieros, mas de 100 años después
de la muerte de su inventor.
Aunque Babbage escribió
extensamente sobre muchos temas, no lo hizo sistemáticamente
sobre su Máquina Analítica, ni desde el aspecto
constructivo y del de su programación. Pero hemos tenido
la fortuna de disponer de otras fuentes inmejorables.
En 1840 Babbage dio una serie
de conferencias en Turín. L.F.
Menabrea hizo un informe de lo expuesto por Babbage y lo
publicó en un periódico de Génova en 1842.
Fue traducido al inglés por Lady Lovelace, que tras añadirle
amplias notas que casi triplicaban la longitud del trabajo original
lo publicó en 1943.
Ada
Augusta, condesa de Lovelace, hija de Lord Byron era un
genio de las matemáticas y era, al igual que Babbage, al
que visitó asiduamente, una mujer adelantada a su tiempo
mas de 150 años.
A los 28 años, en 1843
Ada Lovelace dominaba el funcionamiento de la Máquina Analítica
y canalizó su enorme talento y energía a mejorar
los diseños de Babbage. Una de las ideas seminales de Lady
Lovelace era que un cálculo largo puede contener repeticiones
de la misma secuencia de instrucciones y estableció que
utilizando el salto condicional podría prepararse un conjunto
sencillo de tarjetas para las instrucciones recurrentes. Describió
lo que hoy llamamos bucle
o subrutina.
Hubieron de transcurrir 100
años para que Turing
y Von Neumann retomaran
la antorcha que Ada Lovelace había encendido.
La mujer con tal visión
e inteligencia murió de cáncer a los 36 años,
dejando de nuevo a Babbage solo con su trabajo sin recompensa
final.
La era del electrón
Lo que hasta el siglo XIX fue
mecánico, ahora es eléctrico. La aparición
de la electricidad primero y de la electrónica después,
han hecho posibles ideas que en el pasado no eran más que
elucubraciones teóricas.
Durante los últimos
cien años, los cambios han sido tantos y tan rápidos
que quizá la mejor manera de presentarlos sea recurrir
a una cronología de los descubrimientos.
En 1906 Lee
de Forest desarrolló el tubo de vacío, la
válvula, que fue usada de forma masiva en las primeras
generaciones de ordenadores.
La lógica binaria de
Boole tuvo su primera representación en los biestables
de Eccles y Jordan y en 1931 Vannevar
Bush diseño el primer ordenador en el MIT que curiosamente
no era digital sino analógico y resolvía ecuaciones
diferenciales. En la misma época Eckert diseñó
el primer programa mecánico y, lo que es más importante,
Claude F. Shannon presentó
en 1937 su tesis de licenciatura en el MIT estableciendo el paralelismo
entre la lógica de Boole y los circuitos de transmisión.
Junto a Shannon se alza la
figura de Alan M. Turing,
responsable del desciframiento de las claves alemanas en la Segunda
Guerra Mundial publicó su famoso artículo de 1937
"Sobre los números calculables", estableciendo
las limitaciones de un hipotético ordenador.
Pero Turing no sólo
estableció el criterio de decibilidad de problemas con
su máquina. Desarrolló en gran medida el concepto
de inteligencia artificial, con el famoso Test
de Turing, y sus teorías sentaron la base para lo
que Norbert Wiener llamó
después Cibernética.
Tras la construcción
en 1939 en los EEUU del primer ordenador electrónico digital
por Atanasoff y Berry,
los alemanes Zuse y Schreyer
construyeron el Z3, primer ordenador programable de uso general.
Su sucesor, el Z-8, se desmontó para sacarlo de Berlín
en 1945.
El que se suele presentar como
primer ordenador fue el diseñado por Aiken
en Harvard en la década de 1940. Se llamó ASCC Mark
1 y era una máquina de lógica cableada.
El primer ordenador digital
a gran escala fue operativo en 1946. Diseñado por Eckert
y Mauchly se denominó
ENIAC, y dio lugar a los
posteriores y famosos UNIVAC.
En ese mismo 1946 J. von Neumann
establece la idea de programa almacenado, con la cual se construye
el EDVAC, terminado en 1952,
y en la universidad de Manchester Wilkes el EDSAC,
unos meses antes que el anterior.
El 1947 se da el primer gran
salto teórico-tecnológico.
Bardee, Brattain
y Shockely diseñan
el transistor, con el cual se comenzó la substitución
de los tubos de vacío, disminuyendo dramáticamente
el volumen de las máquinas.
La primera utilización
comercial de un ordenador se produjo en 1952 en la Oficina del
Censo de los EEUU, y fue un UNIVAC, que ha entrado ya en la leyenda
de la informática. Fue en ese mismo año en el que
Wilkes, el diseñador
del EDSAC, establece el concepto de micro
programación, lo cual posibilita la aparición
de los lenguajes de programación de alto nivel, el primero
de los cuales, el FORTRAN,
fue presentado en 1957 por IBM.
La generalización de los
ordenadores
La velocidad en el descubrimiento
y desarrollo de nuevos elementos técnicos es creciente,
y en 1958 Kilby diseña
el primer circuito integrado,
sentando las bases de los archiconocidos chips.
Pero la historia de los instrumentos
de cálculo deja de ser sólo la de los diseños
de construcción, cobrando importancia creciente la evolución
de los métodos y lenguajes de programación, y en
1960 se desarrolló el COBOL,
primer lenguaje orientado a usuarios no especializados, y el primero
realmente intercambiable entre diferentes ordenadores.
La disminución del tamaño
permite la aparición de miniordenadores, el primero de
los cuales, el PDP-8, lo
comercializa Digital en 1963. Esto significa que el mundo de la
computación queda definitivamente al alcance de muchas
universidades y empresas de tamaño medio.
Un año mas tarde IBM
presenta su sistema 360,
los primeros ordenadores realmente compatibles, usando tecnología
de estado sólido, y un mes después Kemeny
y Kurtz desarrollaron en
el Darmouth College el BASIC.
Este lenguaje de programación y sus epígonos han
sido la vía de introducción a la informática
de mas de una generación de usuarios.
En 1971 aparece en escena una
de los gigantes actuales. INTEL
presenta su microprocesador en chip 4004. Era una unidad de 4
bits con 2250 transistores, con una potencia equivalente la del
ENIAC de 1946. Este último ocupaba una gran habitación
con sus mas de 18.000 tubos de vacío. El 4004 medía
1,6 mm de largo por 1,25 mm de ancho.
La presentación de los
microprocesadores es el último gran salto de la informática.
Permitió la construcción de los microordenadores,
y el desplome de los precios y tamaños han permitido la
difusión de las computadoras domésticas y personales
al nivel que hoy podemos comprobar.
Los primeros microordenadores,
como el Kenbak-1 (1971)
o el Altair (1973), fueron
de escasa repercusión comercial. El primero en llegar al
gran publico fue el Apple I,
presentado en 1976 y que estableció un hito insuperable
en la historia de la informática. En 1977 Apple, Commodore
y Tandy distribuyen los primeros ordenadores completamente ensamblados
y el 1981 IBM entra en escena para establecer el standard con
su primer PC (Personal Computer) de propósito general.
Estos ordenadores usaban un sistema operativo nuevo denominado
MS-DOS (Microsoft Disc Operating
System), que puso en liza al gigante actual del los programas
informáticos.
Los famosos PC's siguieron
evolucionando, primero PC-XT,
después PC-AT, y,
de repente, en 1984 Apple se desmarcó del fenómeno
presentando el Macintosh,
incompatible con los PC's y que presentaba la revolución
del acceso por iconos de referencia en pantalla, flexibilizando
enormemente el trabajo de los usuarios. Hay que esperar hasta
los noventa para que otro sistema operativo, el Windows
de Microsoft presente características comparables.
Intel desarrolla su 80286 en
1984, a continuación el 80386, en 1992 el 80486 y en 1995
el Pentium, que junto con
algunos otros, como el i860, el Power PC o el AMD marcan actualmente
el standard.
Algo distinto: las calculadoras
Hasta aquí la evolución
de los sistemas de cálculo tal y como habitualmente la
hemos visto. Pero los sistemas de cálculo no son exclusivamente
los ordenadores. En el punto en el que las máquinas de
calcular se convierten en máquinas de tabular y después
en computadoras, las calculadoras clásicas siguen existiendo,
puesto que otro tipo de máquinas es inaccesible para la
mayoría de la sociedad. De hecho las calculadoras mecánicas
basadas en las ideas de Leibnitz dominaron el mercado hasta finales
de los 60 e inicios de los 70. Las mejoras efectuadas lo fueron
en elementos derivados de la mejor utilización de la ingeniería
y de la evolución de los materiales.
Pero la aparición de
los circuitos integrados primero y de los microprocesadores después
firmaron la sentencia de muerte de estos auxiliares del cálculo
con mas de 300 años de antigüedad. Las calculadoras
manuales se convierten en un producto derivado de la evolución
de la electrónica.
Una mirada al futuro
Los avances en la tecnología
de miniaturización han hecho posibles realidades impensables
hace unos pocos años. Pero el futuro no está solamente
en la disminución del tamaño y en la potencia. Los
ordenadores actuales son prácticamente todos máquinas
secuenciales, máquinas Von Neumann, y esto es lo que debe
saltar por los aires para una auténtica revolución
informática. Hay muchos y variados caminos, pero vayan
aquí cuatro referencias al respecto:
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Los superordenadores
de transputers. Basados en un único chip que contiene
todos los ingredientes de un ordenador clásico, y que
se pueden ensamblar con otros similares constituyendo redes
capaces de un procesamiento paralelo. |
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Los ordenadores
celulares. Formados por millares de minúsculos ordenadores
que se autorreproducen, siguiendo pautas de desarrollo biológico
más que mecánico. |
 |
Las redes neuronales.
Ordenadores construidos imitando la distribución de
las neuronas cerebrales, tratando de conseguir la redundancia
y velocidad que estas establecen en el cuerpo humano. |
 |
Los ordenadores
ópticos. Utilizan señales ópticas, no
eléctricas, para la transmisión de la información,
con una mayor fiabilidad y versatilidad. |
Pero no sólo evolucionará
la tecnología de construcción. Iguales o mayores
avances se esperan en la programación, con el diseño
de sistemas expertos y de desarrollos que, como las máquinas
de reducción, lleven a conseguir una estructura similar
a la inteligencia en un futuro mas o menos cercano.
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