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Breve reseña histórica de las
matemáticas
El hombre primitivo necesitó
el número (al menos los primeros números naturales)
para numerar tal o cual categoría de objetos. Lo necesitó
para verificar la cuenta de su rebaño o para efectuar sus
rudimentarios intercambios comerciales.
Pero sólo con los egipcios
se puede comenzar a hablar de ciencia matemática. Obligados
por la naturaleza a la medición de sus tierras, se vieron
llevados a manejar líneas y números. Conocieron
hechos matemáticos, supieron manejar fórmulas y
razonar con figuras geométricas pero sólo por una
necesidad práctica, sin una concepción de la ciencia
teórica. El examen de los papiros matemáticos nos
revelan, no obstante, resultados mas que interesantes. Se encuentra
en ellos problemas aritméticos que exigen ya un cierto
razonamiento: el cálculo exacto del volumen del tronco
de la pirámide cuadrada, el área de una semiesfera
calculada con ayuda de una fórmula equivalente a la usada
actualmente (con la nada despreciable aproximación para
Pi de (9/16)² = 3,160...), resoluciones de ecuaciones de
primer grado, etc.
Sin embargo, las cosas cambian
radicalmente cuando cuando abordamos "la época griega",
en la que, de la mano de Pitágoras,
Platón o Demócrito,
aparecen conceptos que hasta entonces no habían sido discernidos
con presición: la abstracción, la generalización,
el análisis y la síntesis. Desde
entonces, todos estos procedimientos, que permanecian dormidos
en el hombre, fueron puestos al servicio de la razón humana.
Para los griegos, cabe mencionar, las nociones matemáticas
son puramente abstractas. Las nociones fundamentales son las del
número y la figura. Con respecto a las demostraciones encontramos
un punto de vista quizá mas notable: no existe el enunciado,
sino una demostración lógica.
Otra idea fundamental, relativa
al objeto de la ciencia, debía trabar su progreso. Los
griegos cultivaron en matemáticas lo que es simple, lo
que es hermoso y lo que armonioso. No es difícil comprender,
entonces, la repugnancia de los griegos ante los irracionales.
En geometría encontramos las mismas preocupaciones. La
esfera, el triángulo equilátero
y el tetraedro regular, son considerados como de escencia
divina. El último gran problema que rompió los marcos
de la ciencia griega fue el de las relaciones entre números
y magnitudes. Primero los griegos descubrieron con gran satisfacción
ciertas relaciones: las proporciones, las figuras cuyos lados
están en una relación simple. La escuela de Pitágoras
se apasionó por estas cuestiones: "todas las cosas
son números". Pero precisamente, el famoso teorema
de Pitágoras demostró que la geometría
hacía intervenir inmediatamente a los "incalculables"
(irracionales para nosotros).
Sin embargo es necesario hacer
aquí un paréntesis, ya que no sería prudente
separar la historia de la matemática de la historia propia
del número. Y es aquí cuando entra en escena uno
de los principales aportes a esta ciencia, y que hoy se ha convertido
en su alfabeto universal: la numeración india de posición.
Recordemos que en la mayoría de las numeraciones, el valor
de una cifra era independiente del lugar que ocupara. El "I"
de la numeración romana vale uno esté donde esté.
La numeración india de posición tiene, en cambio,
una capacidad de representación ilimitada: sólo
10 figuras bastan para representar todos los números del
mundo.
Las cifras de uno a nueve fueron
inventadas en la India antes de nuestra era. Aparecen en inscripciones
de Nana Ghat, en el siglo III a.C. Pero el principio de posición
no se vislumbra allí, ni se advierte la presencia del cero.
En 458, apareció un tratado de cosmología escrito
en sánscrito, el Lokavibhaga, donde puede verse el número
14236713, aunque cada cifra consta de todas sus letras.
En el año 773 llegó
a Bagdad una embajada india, que en su equipaje traía un
par de tesoros: el cálculo y las cifras. El califa Al-Mansur
y los sabios árabes que lo rodeaban reconocieron inmediatamente
el inestimable valor de aquel presente. La primera obra en lengua
árabe que presenta el nuevo saber fué escrita por
el célebre Muhammad ibn
Musa Al-Khowarizmi: Libro de la adición y de la
sustracción según el cálculo de los indios.
Gracias a ella el cálculo indio penetró en el occidente
cristiano. A partir del siglo XII fué traducido al latín
y su celebridad fue tal que que a él le debemos el término
algoritmo, de Algorismus, latinización del nombre Al-Khowarizmi.
La llegada del método indio suposo una democratización
del cálculo; su sencillez sin misterios hizo que su utilización
pudiera generalizarse.
Durante la alta Edad Media,
en el Occidente cristiano, las operaciones se efectuaban con ábacos,
dispositivos de cálculo con aspectos de tablas de columnas.
A Raoul de Laon, un abaquista, se le ocurrió por primera
vez la idea de colocar en las columnas vacías un carácter
llamado sipos. Esta ficha fué sustituída luego por
el signo cero.
El segundo grado de abstracción
fué alcanzado más de diez siglos después
con la época cartesiana. Fue ésta quien discernió
las leyes del álgebra y sus múltiples aplicaciones.
Sin embargo, para que el álgebra adquiriera su independencia
era necesario reformar sus principios; esto fue lo que intentó
la obra de Descartes. Para
Descartes el álgebra precede lógicamente a todas
las demás ramas de las matemáticas aunque no la
considera una ciencia, sino un método. La explicación
del universo para Descartes es, esencialmente, geométrica
y mecánica. Al preocuparse poco por la belleza y la armonía
de las nociones que estudia, y al no concentrar su atención
más que en un método abstracto de combinaciones
lógicas de elementos indeterminados, Descartes rompe claramente
con el ideal griego y con ello abre un nuevo horizonte para las
matemáticas en el futuro.
Pero sin duda, el extraordinario
avance registrado por la matemática, la física y
la técnica durante los siglos XVIII, XIX y XX, se lo debemos
al Cálculo infinitesimal, inventado en forma casi simultánea
por el físico-matemático inglés Isaac
Newton y el filósofo-matemático alemán
Wilhelm Leibniz. Sus enfoques,
no obstante, son bastante diferentes, ya que el primero se ve
motivado por sus propias investigaciones físicas (de allí
que tratara a las variables como "cantidades que fluyen")
mientras que el segundo conserva un carácter más
geométrico y, diferenciándose de su colega, trata
a la derivada como un cociente incremental, y no como una velocidad.
Es más, Leibniz no habla de derivada sino de incrementos
infinitamente pequeños, a los que llama diferenciales;
así un incremento de x infinitamente pequeño se
llama diferencial de x, y se anota dx. Lo mismo
ocurre para y (con notación dy). Así, lo
que Newton llamaba fluxión, para Leibniz era un
cociente de diferenciables (dy/dx). Sin embargo, no es
difícil imaginar que, al no poseer en eso tiempos un concepto
claro de límite -ni siquiera de función- los fundamentos
de su cálculo infinitesimal son poco rigurosos: el cálculo
de fluxiones de Newton se basa en algunas demostraciones algebraicas
poco convincentes, y las diferenciales de Leibniz se presentan
como entidades extrañas, que aunque se definen, no se comportan
como incrementos. Esta falta de rigor, muy alejada del carácter
perfeccionista de la época griega, fué muy usual
en la época post-renacentista y duramente criticada. Dos
siglos pasaron hasta que las fallas en los fundamentos del cálculo
infinitesimal fueron solucionados, y hoy aquel cálculo,
potencialmente enriquecido, se muestra como uno de los más
profundos hallazgos del razonamiento humano.
No resulta menos interesante,
sin embargo, la polémica desatada a raíz de la prioridad
en el descubrimiento. Hoy está claro que ambos descubrieron
este cálculo en forma independiente entre 1670 y 1677.
Si bien al principio la disputa tomó la forma de cortés
correspondencia, al cabo de tres décadas comenzó
a mostrarse ofensiva hasta desembocar, ya en el siglo XVIII, en
mutuas acusaciones de plagio. La polémica fue exacerbada
y finalmente se convirtió en una rivalidad entre los matemáticos
británicos y los "continentales".
Es
evidente que el perfeccionamiento de los medios de cálculo
es siempre un problema para los matemáticos. Es así
como hemos visto desarrollarse teorías que sobrepasan netamente
las concepciones del álgebra elemental, pero que proceden
directamente del espíritu cartesiano: la teoría
de los determinantes, el cálculo de matrices,
el cálculo vectorial, que simplifica los cálculos
de la geometría analítica, etc. También es
necesario relacionar los desarrollos de la geometría diferencial
clásica con la síntesis algebraico-lógica;
la geometría cartesiana es la aplicación del álgebra
a las nociones geométricas; la geometría diferencial
es la aplicación del análisis a las curvas y superficies.
Sólo recibió su desarrollo casi definitivo a comienzos
del siglo XX, con Gastón Darboux. A pesar de los numerosos
trabajos que había por hacer en este dominio, los matemáticos
de fines del siglo XVIII testimonian un cierto cansancio. El horizonte
matemático les parecía obstruído. Se había
llegado al estudio de cuestiones en demasía complicadas,
que carecían en cierto modo de un claro alcance. Los sabios
sentían que era necesario estudiar conceptos nuevos, hallar
nuevos procedimientos. La aparición de elementos nuevos
iba a señalar, justamente, el comienzo de la época
moderna. Sin embargo, no sería un hecho único y
sensacional -como lo fue la aparición del álgebra-
el que marcaría esta transición, sino una transición
dentro de cada rama.
Los
problemas que señalan en principio la aparición
de este nuevo espíritu son los de funciones continuas y
los teoremas de existencia. en particular, se creía que
toda función contínua era derivable en todos sus
puntos, aparte quizá de un número finito o infinito
de puntos excepcionales. Cauchy
fue el primero, a comienzos del siglo XX, que se entregó
a la tarea de dar una definición precisa de "función
contínua". Encontramos aquí un espíritu
crítico elaborando estas nociones tan ricas, y constituye
un punto de vista muy diferente del que animaba a los matemáticos
dek siglo precedente. Ya no se trata de construir expresiones
ni forjar nuevos métodos de cálculo, sino de analizar
conceptos considerados hasta entonces intuitivos. Esto no quiere
decir, sin embargo, que no se hayan introducido en la ciencia
nuevas nociones. De hecho, algunas como la teoría de conjuntos
o la de espacios abstractos, pronto demostraron tener aplicaciones
sumamente importantes.
Nota:
Este es un estracto del artículo publicado en el portal
de argenmaticas.com.ar
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